El silencio y gustar los espacios de soledad son las puertas para entrar en las profundidades de Dios y descubrir su misterio de amor. Aunque creas que nada sucede, aunque no sientas nada, todo se va armonizando en la interioridad. El ajetreo de la vida nos hace perder el valor del silencio, pero podremos afirmar, que sin silencio no hay profundidad. El silencio nos lleva a la profundidad, a la contemplación y al misterio.
Para Jesús la oración es muy importante y la propone a sus discípulos: «Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará» (Mt 6,6); «Orad siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1).
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