La fraternidad comienza a nacer en la conversión del corazón que siempre ha de estar actualizándose en mil gestos de amor lo que ya sentimos y creemos. Estas relaciones humanas de fraternidad tienen como fuente la experiencia interior del amor fuerte y tierno de Dios. Para vivir la fraternidad es preciso «sentir» el rescoldo interior del amor, pero no cualquier amor sino el «amor de Dios»: «El amor de Dios ha sido derramado en vuestros corazones con el Espíritu que se os ha dado» (Rom 5,5).
La Fraternidad «Velad y Orad» busca avanzar, crecer, madurar, en el espíritu de Cristo que nos llama a ser hermanos de verdad, en él, con él, y para él: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). La Palabra de Dios, el Evangelio, es para hacerlo vida, ahí encontramos la verdadera vida, ahí nos sentimos verdaderos hermanos con la misión permanente de estar vigilantes como el centinela que está atento a lo que Dios quiere y desea para hacer su voluntad, ayudados de la oración constante. Esta es la Fraternidad del Reino que ora y ama. Sin oración y sin amor la fraternidad se diluye, deja de ser a lo que está llamada a ser: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35).
Al terminar P. Lázaro Albar los estudios de licenciatura en Teología Espiritual en el Teresianum de Roma y contemplar la grandiosidad y belleza de la espiritualidad cristiana vivida por los santos y los místicos que han tenido esta experiencia y han sacado su enseñanza para mostrarla a los demás, se propuso como de una llamada interior que su misión era enseñar a orar.
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