Descleé De Brouwer, Bilbao 2012.
Todos llevamos una fuerza interior capaz de transformar el mundo. Siendo felices en Dios podemos subir a la cumbre, entrar en un misterio de amor que nos sobrepasa para luego bajar al mundo como lámparas de Dios que quieren iluminar y penetrar en la realidad transmitiendo vida. El silencio interior deshace las dificultades que nos bloquean en el camino. La humildad nos adentra en el dinamismo de la conversión hasta llegar a la transfiguración del corazón en una relación perfecta con Dios. La vida se hace experiencia de Dios porque todo se vive desde Él. Silencio, atención y entrega acompañan al que ha entrado en la mística y ha tocado el misterio. El corazón queda limpio para ver a Dios en todo y en todos, así descalzados, arrodillados y postrados en adoración, subimos para contemplar. Todo calla, solo Dios habla. De la contemplación activa pasamos a la contemplación pasiva donde se va forjando el hombre nuevo, que ya «no hace él» sino que «deja hacer a Dios». La persona ha llegado a configurarse con Cristo, siendo ciudadano del cielo en la tierra, y misionero de la bondad, ternura y misericordia divina. María es la que ha recorrido todo este camino y se ha hecho modelo de santidad para todos sus hijos.