Escuela de espiritualidad Capítulo 8 . La espiritualidad de la vocación cristiana | Primera Parte

Escuela de espiritualidad Capítulo 8 . La espiritualidad de la vocación cristiana | Primera Parte

La vocación cristiana está en la base de nuestro ser cristiano. Ser cristiano significa tener vocación: sentirse llamado y responder a la llamada. Dios tiene la iniciativa, pero espera nuestra decisión.

Somos cristianos por el bautismo. La llamada de parte de Dios se ha producido en nuestro bautismo, pero ¿y nuestra respuesta? Cuando fuimos bautizados éramos niños, éramos inconscientes de lo que estábamos recibiendo. Ahora, de mayores, somos responsables ante Dios de nuestro bautismo y Él espera nuestra respuesta. La vocación cristiana es una locura del amor de Dios sobre nosotros, pues «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19). No le elegimos nosotros a Él, fue Él quien nos eligió a nosotros para que diéramos fruto, y nuestro fruto durase (cf Jn 15,16). Es una vocación de pertenencia a Dios, de ser de Dios. Pertenecemos a Dios por el bautismo.

En el bautismo fuimos sellados con el fuego del Espíritu, marcados a fuego, se nos ha dado una nueva identidad de hijos de Dios nuestro Padre. Al igual que un animal es marcado a fuego para decir que pertenece a la ganadería de su amo, así nosotros hemos sido marcados en el bautismo por el fuego del Espíritu Santo para decir que pertenecemos a Dios. Él es el dueño de nuestra vida. La vocación cristiana es a «ser de Dios» dentro de la comunidad cristiana, la Iglesia, en la que tenemos una misión concreta. Todos los cristianos estamos llamados a ser hijos de Dios, discípulos de Jesucristo, miembros activos de la Iglesia, movidos por el Espíritu Santo.

Dios nos habla en nuestra historia pasada y en nuestro presente. Es en esa historia donde Él hace nacer y crecer un proyecto, y donde Él actúa como el verdadero «animador vocacional».Dice Romano Guardini: «Lo pobre de nuestra cultura religiosa puede hacerse espantosamente claro si reflexionamos cuán poco estamos ejercitados en comprender a Dios partiendo de nuestra misma vida, o en comprender esta vida empezando a partir de su guía. La existencia cristiana debería expresar que estamos sostenidos no solamente por convicciones teóricas, sino por la viva conciencia que guía nuestra vida. Entonces todo acontecimiento contendría una automanifestación de Dios y precisamente, en este sentido, un conocimiento de nosotros mismos». La presencia radical de Dios en nuestra propia historia personal nos debería permitir constatar el bien o el amor recibido, para decidir responderle responsablemente.

La sensibilidad auténticamente vocacional nace y crece, de hecho, del descubrimiento gozoso del amor recibido. La llamada vocacional es una experiencia espiritual, de hecho, podemos considerar toda experiencia espiritual como experiencia vocacional en su esencia más pura. La espiritualidad vocacional no es un resultado intelectual, pues no aparece solo como simple conclusión lógica de unas premisas; aunque a veces puede estar acompañada de esta característica, el razonamiento en este caso, tiene como fin principal el mostrar la sensatez de la vocación en todo su conjunto, de que no se trata de una idea pasajera o una ocurrencia; pero la conclusión racional no se puede considerar como la característica más propia de la llamada vocacional. No es esforzar nuestro raciocinio en descubrir qué es lo que tengo que hacer; eso ya lo ha planificado Dios, no es una pretensión propia o una decisión voluntariosa; se trata de la aceptación libre de la revelación de Dios, de su plan salvífico, que posee un dinamismo generador de actividad misionera.

Experimentar la vocación como una realidad espiritual dinámica: «el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va» (Jn 3,8). Ello nos mueve en la vida a desarrollar en nosotros una serie de actitudes y virtudes que nos hace avanzar por la «Senda del Espíritu» hacia la santidad. Sin esta respuesta a la llamada no hay camino espiritual. La vocación es una llamada fundada en la gracia de Dios. Cada vocación fue planificada por Dios antes de la creación del mundo (cf Ef 1,4), por tanto, esa inserción de la gracia vocacional exige una respuesta de fidelidad según el estado de vida a la que la persona es llamada.